Dra. Bárbara Selen Pichardo Silva


1970 - 2019


Debe haber sido el año 2000. Yo era un investigador del Instituto de Astronomía de la UNAM con unos pocos años de regreso en México; menos años de los que había pasado en Estados Unidos estudiando astrofísica. Habíamos dejado atrás una larga huelga y con el nuevo rector, Juan Ramón de la Fuente, muchos académicos intuíamos mejores tiempos, luego de una época de incertidumbre, para nuestra casa de estudios. Casi a mi regreso a México, esta estudiante del nuestro posgrado, Bárbara, me había pedido un curso de temario abierto para construir un código de dinámica de fluidos. Le interesaba aprender estas herramientas.

En ese semestre terminamos el código y quedé impresionado por su manera de trabajar: apasionada y eficientemente. Era alguien con una vocación muy claramente definida desde su infancia: estudiar el cosmos. La idea la hacía muy feliz. Venía de Toluca, donde había sido parte de la primera generación de la carrera de física en la Universidad Autónoma del Estado de México.

Pude ver pronto que su determinación derribaría cualquier obstáculo. Mudarse a vivir una nueva vida en la ciudad de México para hacer su doctorado no sería un problema. En mi grupo de investigación hablábamos de nuevos proyectos, de ideas interesantes y revolucionarias, todos los días. Con alguien como Bárbara, pensé, es posible materializar ideas. Simplemente, si le gustan, no las dejará morir; serán publicadas. ¿Quién no quería una estudiante, una colaboradora, así? Si no sabía algo, ella lo aprendería. Si yo no sabía algo, ella lo aprendería y me lo explicaría. Siempre habría sonrisas en el camino.

Y vuelvo al 2000. Uno nunca sabe el efecto de un encuentro en el pasillo del Instituto con alguien como ella. Su enorme motivación estaba a prueba. No le gustaba lo que estaba investigando, a pesar de trabajar con un grupo de gran calidad como estudiante de doctorado. Era el tema lo único importante. Ella quería hacer dinámica estelar. Me preguntó que estaba haciendo, y le hablé con entusiasmo de un proyecto que siempre quise hacer: un modelo matemático para los brazos espirales de galaxias (en sus "Lectures on Physics", R. Feynman, uno de los grandes físicos de nuestro tiempo, dice -- Want a good problem? Study spiral structure in galaxies). Fascinante comentario de un experto en mecánica cuántica.

Y así, con dos años ya trabajando en su tesis doctoral en un tema muy distinto, Bárbara decidió que eso era lo que quería hacer: un modelo de brazos espirales y sus implicaciones dinámicas. No es cualquier cosa tomar la decisión de recomenzar una tesis doctoral cuando se está cerca del final. Mi consejo era que lo pensara muy bien; que lo más simple era terminar lo que estaba haciendo. Que se tomara unos días para pensarlo.

Una hora después estaba en mi oficina -- ya lo pensé, dijo. Había hablado ya con su asesor de frente, como hacía ella las cosas, sin inventarse nada: lo que quiero hacer es este otro tema. No había nada personal en su decisión. Y así, uno tiene que respetar por encima de todo, el interés científico de una investigadora que sólo quiere hacer la ciencia que quiere hacer y está dispuesta a asumir los riesgos que conllevan a veces las decisiones importantes. Acepté fungir como su nuevo tutor. Fue un gran privilegio.

Con un muy competente astrofísico matemático que actuó como cotutor, Edmundo Moreno, el proyecto avanzó mucho más rápidamente de lo que imaginé. Ese mismo año, asistimos a un congreso en Roma, en donde presenté los primeros resultados. Estaban presentes expertos de todo el mundo. Bárbara charló con varios y aprendimos técnicas de cálculo esenciales para entender la respuesta dinámica al modelo. Éste, que Bárbara llamaba PERLAS, fue por ella refinado y utilizado en una gran variedad de aplicaciones en los últimos años. Es una contribución importante al campo, utilizada internacionalmente.

Ya cerca de su graduación, viajamos Bárbara y yo a la U. de Wisconsin en Madison, donde yo estudié. Le presenté a Linda Sparke, entonces jefa del departamento de astronomía. El inglés de Bárbara requería práctica; en una conversación de unos 10 minutos, Linda decidió que necesitaba una investigadora postdoctoral exactamente como Bárbara. Al salir de la oficina, la felicité por su primer empleo como astrónoma. Me miró con esa sonrisa tan suya y con sorpresa.

Sería el comienzo de una carrera meteórica, definida por el vigor, el entusiasmo, el amor por lo que uno hace y la habilidad de transmitirlo a sus estudiantes y al público todo; niños, especialmente.

Le perdí la pista. Se fue de postdoc a la U. de Kentucky, a Suiza. Tomaba un nuevo tema que le interesaba y se convertía en experta. Planetas, exobiología, galaxias, y un enorme esfuerzo en divulgación.

La vida no es justa; ya sabíamos. Bárbara vivió intensamente su pasión por la astronomía, por el conocimiento y por la alegría de compartirlo. En un lapso breve construyó un grupo de investigación en torno a sus proyectos: estudiantes, investigadores postdoctorales, colegas; y muchos amigos en todo el mundo. Es un espacio muy grande el de su ausencia.

Dr. Marco A. Martos Núñez de Cáceres



Antes de partir, Barabara Pichardo nos regaló este artículo:





El Descubrimiento de la Vía Láctea

Cuesta trabajo imaginar lo que pensaban nuestros ancestros más antiguos sobre el cielo abierto que miraban cada noche, me refiero a esos que no contaban con nada más que el firmamento oscuro como cobija y, ocasionalmente, una cueva no muy acogedora para dormir y dibujar sus experiencias de supervivencia. ¿En qué momento lograron, a pesar de vivir principalmente dedicados a tratar de no morir de hambre, sublimarse del poderoso instinto puro y comenzaron a tener tiempo para preguntarse por las maravillas que proyectaba el cielo cada día que vivían?

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